El alma de las palabras
El alma de las palabras
recorre los intersticios
con sentires no ficticios
que sobre papeles labras
con la pluma que las cabras
encontraron en las peñas
donde casi te despeñas
cuando buscabas estelas
de las hermosas estrellas
que brillan entre las cañas.

La niña del cabá (la niña que tanto deseaba ir al colegio)

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La niña del cabá (la niña que tanto deseaba ir al colegio)

Mensaje por Invitado el Lun Feb 06, 2012 7:29 pm




La niña del cabá (la niña que tanto deseaba ir al colegio)

Aquella niña de rubias trenzas atadas con lazos blancos, de hermosos y bonitos ojos color esmeralda, parecía estar entretenida mientras intentaba coser un vestidito para su muñeca, con los trozos de tela de seda floreada que su mamá le diera, eran los retales sobrantes del vestido que la niña llevaba puesto, solo deseaba vestir a la muñeca, a su imagen y semejanza.

Daba puntaditas sobre la tela, unas acertadas, otras no tanto, mientras su hermana dos años mayor que ella se despedía de mamá para ir al colegio, tenía prisa pues ya eran casi las tres de la tarde y a esa hora daban comienzo las clases.
La niña de los ojos verdes se volvió a su mamá para pedir una vez más que la llevara a ella al colegio como hacía su querida hermanita.

La mamá cargada de paciencia le dijo: Mira querida hija, no te puedo llevar al colegio porque aún eres pequeña, no tienes la edad para ser admitida en clase, pero la niña seguía implorando, clavando sus verdes ojos rebosantes de lágrimas, en los ojos castaños y pacíficos de su madre.

La mamá apenada al ver las lágrimas de su pequeña hija, se armó de valor, y al acabar las clases fue a hablar con la maestra de las niñas más pequeñas, para ver si admitía a su hija que tanto interés tenía en asistir a clase.

Doña Rosita, que así se llamaba la maestra era una bella y guapa señorita morena, vestida con un traje azul marino, y peinada con el pelo recogido en un moño alto, que le sentaba muy bien y le dejaba lucir una bonita gargantilla de piedras preciosas. Era la amabilidad y la belleza personificadas.

La madre entró en el aula cuando ya hubieron salido todas las niñas. Saludó con un buenas tardes a la maestra y le presentó a su pequeña hija, mientras le exponía que la niña tenía mucho interés en acudir a clase con su hermana mayor.
Doña Rosita, tan amable como acostumbraba ser, le dijo con mucha diplomacia, que no había sitio para ella en el aula, todos los pupitres estaban ocupados.

Pero se le ocurrió una buena y bonita idea y dijo: Lo único que se me ocurre, dijo, es que la niña traiga una sillita de su casa, y la sentaré junto a las más pequeñas.

Los ojos de la niña parecían dos estrellas del firmamento, se rebailaban brillando de alegría y contento, porque iba a acudir a las clases con su querida hermana.

Al día siguiente empezó a asistir a clase, llevaba un pequeño “cabá” de madera, en el que guardaba un cuaderno y la cartilla primera donde empezaría a leer. También llevaba un “plumier” de madera, que contenía un lápiz negro, una goma de borrar, un sacapuntas y un lápiz con dos puntas opuestas, de color azul y rojo, y algunos pequeños trozos de lápices de distintos colores, todo dentro del “cabá”.

Era la niña más felíz del mundo, puntual y aseada, le gustaba trabajar en clase, pronto aprendió a leer, a conocer los números, a hacer sumas, restas, dictados etc. También aprendió a dibujar, a hacer labores, como coser y bordar. Se hacía sus propias muñecas de trapo, les ponía trencitas amarillas y unos lazos blancos similares a los que ella llevaba.

Su mamá le compró un pequeño bastidor para que bordara lo que previamente dibujaba en la tela. Todo lo aprendía rápidamente.

La maestra le tomó un cariño inmenso a la niña más pequeña de su clase, y ese cariño era correspondido con el que la pequeña le profesaba a ella.

Al finalizar el curso la maestra se marchó a su pueblo, los ojos verdes de la niña ya no brillaban de alegría, puesto que no había clases. Un día la niña, le escribió una carta a doña Rosita, plena de cariño y admiración hacia ella, con su todavía mala caligrafía. No sabía a que dirección enviarla, pero se las apañó como pudo y consiguió que la carta llegara a su destinataria. A los pocos días obtuvo la respuesta tan esperada, y tan contenta estaba que siempre guardó esa carta como una reliquia.

Doña Rosita fue su profesora durante los 4 primeros años escolares.

La pequeña creció, se hizo mayor al igual que Doña Rosita, y con el paso de los años la niña nunca olvidó a su primera maestra, siempre guardó la carta como la joya más preciada.

Y doña Rosita nunca pudo olvidar a la niña más pequeña de su clase.

Ahora preparan un encuentro para darse ese abrazo que llevan guardado en el corazón durante tantos años.

Chelo Álvarez.
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